Verano 1993: por qué sí, por qué no

Anochece que no es poco

Desde “Anochece, que no es poco”, el programa de cine y series de Neo FM que podemos disfrutar todos los jueves a las 22:00 horas, nos amplían la crítica que hicieron a la película “Verano 1993” en su anterior programa, que podéis escuchar aquí, a partir del minuto 51:20.


Redactado por Álvaro Ochoa y Rafa Castaño. 
Anochece, que no es poco.

España (la Academia de Cine) ha decidido: Verano 1993 irá a los Oscars. Mientras los directores de “Abracadabra” y “1898. Los últimos de Filipinas”, las otras dos finalistas, trasiegan las últimas cervezas para olvidar las penas. Rafa Castaño y Álvaro Ochoa nos cuentan por qué, respectivamente, creen que esta es una buena o mala película, en dos textos que funcionan como espejos

Rafa. Por qué sí

Amor, de Michael Haneke. La gran belleza, de Paolo Sorrentino. Nader y Simín, una separación y El cliente, de Asghar Farhadi. El secreto de sus ojos, de Juan José Campanella. La vida de los otros, de Florian Henckel von Donnersmarck. En los últimos años se han llevado el Oscar a la mejor película en habla no inglesa verdaderos peliculones.

Verano 1993 es una buena película, que no es poco. No es la mejor que la Academia de Cine Español ha lanzado más allá del charco, qué va. Pero llevamos muchos años presentándonos en casa de los americanos con un regalo siempre envuelto con mimo, lazos de colores y nubes de purpurina, y a veces el regalo es un par de calcetines, un pijama, el jersey que nuestras abuelas nos tejen con nuestro nombre bordado; es decir, películas que no funcionan, películas que, buenas o malas, no son suficientes.

Verano 1993 es una buena película, repito. No es el regalo que esperas, pero sí uno que te sorprende y te brinda una felicidad humilde, inesperada. Carla Simón, la directora, cuenta su vida. De niña se le murieron su padre y su madre. Con seis años se fue a vivir con sus tíos a una casa en la sierra. Es fácil, teniendo esto en cuenta,  caer en el tópico, sacar de la chistera los grandes recursos del cine dramático: música a todo trapo que subraya las emociones como subraya el carmín la línea de un labio.

Gritos. Muertes. Llantos. Nada de esto (o casi) aparece en pantalla. Decía Frank Capra que drama no es cuando lloran los actores, sino cuando llora el público.

Verano 1993 es un drama. Y como todos los buenos dramas, hace bien dos cosas. La primera ya la hemos dicho: es (aunque Ochoa discrepe) una película elegante, que no se ceba, que muestra, que intenta no juzgar lo que ocurre. Más allá de los atentados filmados en nombre de la “cámara-ojo”, de la pura objetividad, aquí hay una historia,
hay una evolución, hay un conflicto. No hay una trama al uso, pero hay entretenimiento, un entretenimiento que tiene más de contemplación que de diversión.

Anochece que no es poco
Fuente: elmundo.es

Y todo está urdido sin que le veamos las costuras. Con pulso y libertad. Esa libertad es la causa del segundo acierto de Carla Simón. Hay libertad, es decir, hay aire para que entre la comedia. Y la comedia tiene un nombre: Paula Robles. La niña se come la pantalla y nos da un respiro. Porque la tensión, en ese entorno bucólico, en ese pueblo de los primeros noventa, nos va ahogando. Y crece dentro de nosotros, porque vamos descubriendo qué le ha ocurrido a Frida, la niña protagonista, y cómo reaccionan ante la muerte ella y el resto de personajes: sus tíos, su hermanastra, sus abuelos, la gente del pueblo.

Laia Artigas tiene una belleza particular, magnética en su rareza. Esperaremos a verla en otros papeles para saber si, más allá de eso, tiene versatilidad. Como todas las niñas actrices, corre el riesgo de encasillarse, pero bastante ha llovido como para que no hayan aprendido ya los padres y la industria del cine.

En resumen: Verano 1993 (he repetido su nombre muchas veces, porque su nombre se repite en mi cabeza días después de verla) tiene ese aroma delicado de las películas que no tienen prisa. Y aunque en ocasiones bordea el aburrimiento para el espectador distraído, camina con seguridad hasta una final perfecto. Un 7.

Ochoa. Por qué no

Volver a empezar, de José Luis Garci. Belle Époque, de Fernando Trueba. Todo sobre mi madre, de Pedro Almodóvar. Mar adentro, de Alejandro Amenábar. En las últimas décadas hemos llevado al Óscar a la mejor película en habla no inglesa verdaderos peliculones.

Verano 1993 no es una buena película, que no es poco. Pero es la que la Academia de Cine Español ha tenido a mal llevar más allá del charco. Llevamos muchos años presentándonos en casa de los americanos con un regalo siempre envuelto con mimo, lazos de colores y nubes de purpurina, y a veces el regalo es un par de calcetines que sólo valen para dormir, un pijama sin bolsillos, el jersey que nuestras abuelas nunca tejerían; es decir, películas que no funcionan, películas que, buenas o malas, no son suficientes.

Verano 1993 no es una buena película, repito. No es el regalo que esperas, pero sí uno que te sorprende y te brinda una desazón pedante, inesperada. Carla Simón, la directora, cuenta su vida. De niña se le murieron su padre y su madre. Con seis años se fue a vivir con sus tíos a una casa en la sierra. Es fácil, teniendo esto en cuenta, caer en el tópico, sacar de la chistera los grandes recursos del cine dramático: música a todo trapo que subraya las emociones como subraya el carmín la línea de un labio.

Gritos. Muertes. Llantos. Nada de esto (o casi) aparece en pantalla. Decía Frank Capra que drama no es cuando lloran los actores, sino cuando llora el público. Capra no la ha visto.

Verano 1993
Fuente: RTVE.es

Verano 1993 es un drama. Pero un drama de verdad. Hace dos cosas. La primera ya la hemos dicho: es (aunque Rafa discrepe) una película desconcertante, que no sabe profundizar en lo que ocurre. Más allá de los atentados filmados en nombre de la ‘cámara-ojo’, de la pura objetividad, aquí hay una simpática historia, hay una evolución inverosimil, hay un conflicto entre Rafa y yo. No hay una trama al uso, pero hay entretenimiento a ratos, un entretenimiento que tiene más de contemplación que de diversión. Y todo está urdido sin que le veamos las costuras y el sentido. Sin pulso (el cámara es el verdadero drama) y demasiada libertad.

Esa libertad es la causa del casi único acierto de Carla Simón. Hay libertad, es decir, hay aire para que entre la comedia. Y la comedia tiene un nombre: Paula Robles. La niña se come la pantalla y nos da un respiro. Porque la tensión, en ese entorno bucólico, en ese pueblo de los primeros noventa, nos va ahogando. Y crece dentro de nosotros, porque vamos descubriendo qué le ha ocurrido a Frida, la niña protagonista, y cómo reaccionan ante la muerte ella y el resto de personajes.

Laia Artigas tiene el pelo fatal. Esperaremos a verla en otros papeles para saber si se pela. Como todas las niñas actrices, corre el riesgo de desaparecer por un fallo como este filme, pero bastante ha llovido como para que no hayan aprendido ya los managers y la industria del cine.

En resumen: Verano 1993 (he repetido su nombre muchas veces, porque no quiero que se olvide que no recomiendo verla) tiene ese aroma de las películas que no engañan a los productores y el guión acaba en un cajón. Y aunque en ocasiones bordea mi interés, camina errante hasta una final que no finaliza nada. Un 5 gracias a una niña que no actúa llamada Paula Robles.

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