Lo que nunca debió ocurrir en la Gala de los Goya

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Pasan ya tres semanas de la celebración de la trigésimo segunda edición de los Premios Goya. Una gala en la que, entre otras cosas, triunfó Handia, Isabel Coixet se convirtió en la mujer con más galardones de la historia de este premio y se echó en falta algo más de reconocimiento a la brillante ópera prima de los Javis, que solo recibió un cabezón.

Redacción por Dani Ruiz, de La Última y pa' casa.

Pero este artículo no va de nada de eso, más que nada porque no tengo ni idea de cine, y sería algo así como poner a Froilán a hacer divisiones con decimales. Este artículo va de todo lo que no debería haber ocurrido esa noche y, más concretamente, de por qué Joaquín Reyes y Ernesto Sevilla jamás debieron aceptar la oferta de presentar los Goya.

Hace años que abracé el chanantismo como religión única y verdadera y, por tanto, siento profunda devoción por estos dos idiotas – como se definió el propio Ernesto en su cuenta de Instagram – profesionales, dotados de sendos cerebros privilegiados para la commedia. Por esta razón, al conocer que iban a ser ellos los encargados de conducir la gala de los Goya de este año, me puse a temblar – no literalmente, tampoco nos flipemos –. Había muy pocas posibilidades de que la cosa fuera bien y, por contra, muchísimas de que fuera horriblemente mal. Efectivamente, sucedió esto último.

Presentar los Goya es una de las papeletas más jodidas dentro del show business, eso está más que claro. Son pocos los que han pasado por esas tablas sin despeinarse – quizá los últimos fueron Andreu Buenafuente o Eva Hache –. Siendo esto así, y teniendo en cuenta que, en España, el nivel de comedia lo sigue marcando La que se avecina, la decisión de otorgar ese puesto a dos cómicos de las características de Ernesto y Joaquín era como lanzarlos a un abismo lleno de feroces tuiteros, ansiosos por expresar su profundo desencanto hacia el trascurrir de la ceremonia. Con otras palabras, claro. Aunque, esta vez, tenían razón, pues la gala no hubo por donde cogerla.

Todos los proyectos que han comandado estos zanguangos, desde La hora chanante hasta el injustamente maltratado Retorno a Lílifor, se han caracterizado por presentar un humor casi axiomático, en el que o entras o no; sin puntos intermedios. Este tipo de comedia, alejada del chascarrillo y del chiste clásico, requiere, en ocasiones, un proceso de adaptación para el público inexperto, algo que, evidentemente, es difícil de completar en las apenas tres horitas que dura la ceremonia. Por poner un ejemplo, no es extraño que la primera vez que ves a los extravagantes primos Marlo y Claudio no te convenzan del todo. Tienes que entrar en su juego, aceptar las reglas que te plantean. Ahí empiezas a disfrutar. En la gala no dio tiempo a que la audiencia diera este segundo paso, y no les culpo, pues el guion tampoco favoreció demasiado. La mayoría de los chistes iban seguidos de silencios que traspasaban la pantalla, y los gags visuales – como el de los dientes y el chocolate, que estoy seguro habría despertado risas enmarcado en un programa de Muchachada Nui – no hacían más que acrecentar esa incomodidad.

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Fuente: El país

Pero, por encima de todo, hay un motivo esencial por el que Sevilla y Reyes no debieron presentar los Goya este año. Y es que no tiene ningún sentido que, en una gala que nos vendieron bajo el lema #másmujeres, y que, por mucho que le duela a Arturo Valls, debía servir para reivindicar la imperante necesidad de un mayor peso femenino en nuestro cine, no hubiera ni una sola mujer, no ya presentando, sino en todo el equipo de guión, dirección y producción. Fue, efectivamente, “un campo de nabos feminista precioso”, una definición bastante acertada que Leticia Dolera le espetó en directo a un sudoroso Joaquín Reyes, quien acababa de hacer un gag sobre el mansplainning que por lo que sea no acabó de cuajar del todo.

Sinceramente, no creo que el problema sea que en España no hay mujeres con aptitudes para la comedia. Sería muy raro que la madre naturaleza nos hubiese privado de cómicas de una forma tan arbitraria, la verdad. Lamentablemente, lo que ocurre es que, en cuestiones de feminismo, el humor español está muy lejos de ser un escenario idílico. Son hombres quienes encabezan las comedias comerciales, quienes ocupan los sillones de los Late Nights, y quienes conducen los magacines, donde el papel de la mujer parece seguir siendo el de embellecer el plano – sí, estoy pensando en Zapeando –.

Con esta gala, se ha perdido una oportunidad perfecta para romper con esto, para demostrar – si es que aún hace falta – que, por supuesto, hay mujeres graciosas, y que el problema no es otro que una falta de escaparates hacia el gran público. De hecho, haciendo un repaso rápido se me ocurren algunos nombres que le hubieran sentado muy bien a esta ceremonia.

Nombres como Ana Morgade, Sara Escudero, Silvia Abril – quien ya presentó los Feroz en 2016 –, Pilar de Francisco, Valeria Ros o, por qué no, volver a Eva Hache. Al menos, espero que lo de este año sirva como punto de inflexión para que se trabaje en la buena dirección en próximas galas. De todos modos, hacerlo peor va a ser muy complicado.

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